La ley de Jehová es
perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace
sabio al sencillo. Salmos 19:7.
Podemos con provecho
estudiar el registro de la preparación efectuada por la congregación de Israel
para escuchar la ley…
La Ley del Señor es una
copia de su carácter. Sus santos preceptos fueron enunciados desde el Sinaí por
la voz misma de Dios, y fueron escritos con su dedo sobre las tablas de piedra.
Se mantienen en vigor, llevando en sí la impresionante y clara significación de
su suprema importancia. Significan vida para los obedientes y muerte para los
desobedientes.
A través de los siglos, la
Ley de Dios se ha preservado como la norma más elevada de moralidad. Ninguno de
todos los inventos de la ciencia, resultado de las imaginaciones de las mentes
productivas, ha podido descubrir un deber esencial que no esté incluido en este
código.
La Ley de Dios es la
seguridad de la vida, de los bienes, de la paz y la felicidad. Fue dada para
asegurar nuestro patrimonio presente y eterno. Los antediluvianos la
transgredieron y la tierra fue destruida por el diluvio.
Ningún hombre, mediante
presentaciones científicas, guíe las inteligencias a apartarse de lo real hacia
lo imaginario. Dios llama a hombres que, en medio de la idolatría que se le
rinde a la naturaleza, dirijan sus miradas al Dios de la naturaleza. El Señor
utiliza la naturaleza como una sierva, con el fin de revelar su poder. Estas
cosas, objetos de su creación, manifiestan la obra de sus manos. De todo lo que
El ha creado, el hombre, la obra máxima de su creación, es el que más
tremendamente lo ha deshonrado. En el juicio, los seres humanos aparecerán
delante de Dios avergonzados y condenados, porque aunque se les dio
inteligencia, raciocinio y la facultad del habla, no obedecieron la ley del
Altísimo…
Satanás tiene alumnos, y les
está enseñando sus métodos para que realicen su obra solapadamente. Su familia
es numerosa. En sus manos el crimen ha llegado a ser una ciencia cruel.
Destruir es el lema del archiengañador. Ha colocado muchas trampas para las
almas desprevenidas. Los que han respondido durante tanto tiempo a sus planes
ingeniosos ahora parecen no tener poder para romper el hechizo del cual son
presa.
Cuando los dirigentes del
pueblo de Dios se apartan de los principios, y traen deshonra a su causa, su
pecado es mayor que el pecado de aquéllos cuyas oportunidades y privilegios han
sido menores…
El hombre es sólo eso, un
hombre. Las palabras que salen de sus labios no han de ser consideradas como
provenientes de Dios. A menos que Dios permanezca al lado de ellos en su
servicio, y trabaje con ellos, no son nada. Es el colmo de la insensatez que el
pueblo de Dios ponga su confianza en los hombres y haga de la carne su brazo
derecho.—Manuscrito 119, del 7 de octubre de 1903, “Enseñanzas de Israel”.