Y volví mi rostro a Dios el
Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, cilicio y ceniza. Y oré a
Jehová mi Dios e hice confesión. Daniel 9:3, 4.
Todavía preocupado acerca de
Israel, Daniel estudió nuevamente las profecías de Jeremías. Estas eran muy
claras, tan claras, en realidad, que por los testimonios registrados en los
libros, entendió “el número de los años, del cual habló Jehová al profeta
Jeremías, que había de concluir la asolación de Jerusalén en setenta años”.
Con una fe fundada en la
segura palabra profética, Daniel rogó al Señor que estas promesas se cumpliesen
prestamente. Rogó que el honor de Dios fuese preservado. En su petición se
identificó plenamente con aquellos que no habían cumplido el propósito divino,
y confesó los pecados de ellos como propios.—La Historia de Profetas y Reyes,
406, 407.
¡Qué oración fue la que
salió de los labios de Daniel! ¡Qué humildad de alma revela! Se reconocía el
calor del fuego celestial en las palabras que subían hasta Dios. El Cielo respondió
a esa oración enviando su mensajero a Daniel. En nuestros días, las oraciones
ofrecidas de esa manera prevalecerán ante Dios. “La oración eficaz del justo
puede mucho”. Así como en los tiempos antiguos, cuando se ofrecía la oración,
descendía fuego del cielo y consumía el sacrificio sobre el altar, en
contestación a nuestras oraciones el fuego celestial vendrá a nuestras almas.
La luz y el poder del Espíritu Santo serán nuestros…Religión y creencias
¿No tenemos una necesidad
tan grande de acudir a Dios como la tuvo Daniel? Me dirijo a los que creen que
estamos viviendo en el último período de la historia de esta tierra. Os suplico
que llevéis sobre vuestras propias almas la carga por nuestras iglesias,
nuestras escuelas y nuestras instituciones. El mismo Dios que escuchó la
oración de Daniel oirá la nuestra cuando vayamos a él con espíritu quebrantado.
Nuestras necesidades son tan urgentes, tan grandes nuestras dificultades, que
necesitamos tener la misma intensidad de propósito, y poner con fe nuestra
carga sobre el gran Portador. En nuestros tiempos se necesita que los corazones
se conmuevan tan profundamente como en el tiempo cuando Daniel oró. The Review
and Herald, 9 de febrero de 1897.*