“Dijo Jesús: Quitad la
piedra. Marta, la hermana del que había
muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días”. Juan 11:39.
Sólo Cristo pudo llevar las
aflicciones de muchos. “En toda angustia de ellos él fue angustiado”. Nunca
llevó una enfermedad en su propia carne, pero llevó las enfermedades ajenas.
Con la más tierna simpatía contemplaba a los dolientes que lo rodeaban. Gimió
en espíritu cuando vio la obra de Satanás revelada en toda su maldad, e hizo
suyo cada caso de necesidad y dolor… El poder del amor estuvo en toda su
curación. Identificó sus intereses con los de la humanidad doliente.Agenda Cita
Médica
Cristo era salud y fortaleza
en sí mismo, y cuando los dolientes eran traídos a su presencia, siempre era
reprochada la enfermedad. Por esa razón no fue inmediatamente a ver a Lázaro.
No podría haber visto su sufrimiento sin aliviarlo. No podría haber visto la
enfermedad y la muerte sin combatir el
poder de Satanás. Fue permitida la muerte de Lázaro para que pudiera ser
presentada su resurrección, como la última evidencia cumbre para los judíos, de que Jesús era el Hijo de Dios.
Y en todo ese conflicto con
el poder del mal siempre estuvo delante de Cristo la oscura sombra en la que él
mismo debía entrar. Estuvo siempre delante de él el medio por el cual debía
pagar el rescate de esas almas. Al contemplar los padecimientos de la humanidad,
sabía que tendría que sobrellevar un gran dolor, mezclado con una dosis de
burla. Él habría de padecer la mayor humillación. Cuando resucitó a Lázaro,
sabía que por esa vida debía pagar el rescate en la cruz del Calvario.
Cristo era lo suficientemente
fuerte como para salvar al mundo. Lloró ante la tumba de Lázaro al pensar que
no podría salvar a todos aquellos a quienes el poder de Satanás había sepultado
en la muerte… Desde la luz de su excelsa pureza, el Redentor del mundo pudo ver
que los males que sufre la familia humana fueron provocados por las
transgresiones de la ley de Dios… Sabía que sólo él podía rescatarlos del
abismo en que habían caído. Sólo él podía colocar sus pies en el sendero
correcto. Sólo su perfección podía suplir la imperfección de ellos. Sólo él
podía cubrir su desnudez con su propio manto de justicia inmaculada.
Él no conocía por
experiencia personal nada acerca del pecado. Se mantuvo de pie ante el mundo
como el inmaculado Cordero de Dios. Cuando la humanidad sufriente lo
presionaba, él—quien gozaba de una humanidad sana y perfecta—, se identificó
con la aflicción de ellos. Esto era esencial para que pudiera expresar su amor
perfecto en beneficio de la humanidad.—Manuscrito 18, 1898.Consigue Libros
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