A uno dio cinco talentos, y
a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad. Mateo 25:15.
Estudiemos las instrucciones
que se encuentran en. Mateo 25:14-46. Comparemos esas instrucciones con el
registro de nuestra vida. Cada cual debe dejar a un lado la vanagloria…
Caminemos en las huellas
de Cristo con toda la humildad de la fe
verdadera. Pongamos a un lado la confianza propia, consagrándonos al Salvador
día tras día y hora tras hora, para recibir e impartir constantemente su
gracia. Ruego a los que profesan creer en Cristo que caminen humildemente
delante de Dios. El orgullo y la exaltación propia lo ofenden. “Si alguno
quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame”.
Mateo 16:24. Sólo a los que obedecen esta orden reconocerá él como sus
creyentes. “A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les
dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de
sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”. Juan
1:12-13.
“Y aquel Verbo fue hecho
carne, y habitó entre nosotros”. Vers. 14. ¡Qué maravillosa condescendencia! El
Príncipe del cielo, el Comandante de las huestes celestiales, abandonó su
elevada posición, depuso su atuendo real y su corona, y revistió su divinidad
de humanidad para convertirse en Maestro divino de todos los hombres, y para
vivir entre los hombres una vida libre de egoísmo y pecado, con el fin de dar
un ejemplo de lo que podrían llegar a ser mediante su gracia.
“Y aquel Verbo fue hecho
carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito
del Padre), lleno de gracia y de verdad”. Vers. 14. Alabemos a Dios por esta
maravillosa declaración. Las posibilidades que presenta nos parecen demasiado
grandes para que las podamos entender, y nos avergüenzan por nuestra debilidad
y nuestra incredulidad. Alabo a Dios porque por fe puedo ver a mi Salvador. Mi
alma se apropia de ese gran don. Nuestra única esperanza en esta vida consiste
en levantar la mano de la fe para estrechar la mano extendida para salvar. “He
aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Juan 1:29. Si
quisiéramos apartar nuestra vista del yo para enfocarla en Jesús, con el fin de
hacer de él nuestro Guía, el mundo vería en nuestras iglesias un poder que
ahora no ve.