Y el Dios de esperanza os
llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el
poder del Espíritu Santo. Romanos 15:13.Estudios Bíblicos
Ocasionalmente, el alma se
estremece al sentir su indignidad; pero esto no es evidencia de que Dios haya
cambiado respecto a nosotros, o nosotros con respecto a Dios… Por fe debemos
aferramos de la mano de Cristo, y
confiar en él tan plenamente en la oscuridad como en la luz.
Satanás puede susurrar: “Tú
eres un pecador demasiado grande para que Cristo te salve”. Si bien debemos
reconocer que somos en verdad pecaminosos e indignos, debemos afrontar al
tentador exclamando: “En virtud de la expiación, me aferro de Cristo como mi
Salvador. No confío en mis propios méritos, sino en la preciosa sangre de
Jesús, que me purifica. En este mismo momento hago reposar mi alma en Cristo”.
La vida del cristiano debe
caracterizarse por la fe viva y constante. Lo que trae paz y seguridad al alma
es la confianza inquebrantable en Cristo…
Cada obstáculo, cada enemigo
interior, no hace sino aumentar nuestra necesidad de Cristo. El Salvador vino
para quitar nuestro corazón de piedra y darnos uno de carne. Vayamos a él en
busca de gracia especial para vencer nuestras faltas y defectos peculiares. Cuando
nos asalte la tentación, resistamos decididamente los impulsos malignos;
digámosle a nuestra alma: “¿Cómo podría yo deshonrar a mi Redentor? Me he
entregado a Cristo; no puedo hacer las obras de Satanás”. Hemos de clamar a
nuestro amante Salvador para que nos ayude a sacrificar todo ídolo y a
apartarnos de todo pecado acariciado. Que el ojo de la fe vea a Jesús de pie
ante el trono del Padre, presentando sus manos heridas mientras ruega por
nosotros. Debemos creer que desde nuestro precioso Salvador llega hasta
nosotros su fortaleza.
Contemplemos por fe las
coronas apartadas para los que obtengan la victoria; escuchemos el cántico
gozoso de los redimidos: “¡Digno, digno es el Cordero que fue inmolado y que
nos ha redimido para Dios!” Esforcémonos por que estas escenas lleguen a ser
reales. Esteban, el primer mártir cristiano, en su terrible conflicto con los
principados y potestades, y huestes espirituales de maldad en las regiones
celestes, exclamó: “¡He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que
está sentado a la mano derecha de Dios!” El Salvador del mundo le fue revelado,
mirándolo desde el cielo con el más profundo interés; y la gloriosa luz del
rostro de Jesucristo brilló sobre Esteban con tal resplandor que aun sus
enemigos vieron cómo su rostro brillaba como el de un ángel.Estudios Bíblicos
Si tan sólo permitiésemos
que nuestras mentes se concentraran más sobre Cristo y el mundo celestial,
obtendríamos un poderoso estímulo y apoyo en nuestra lucha por ganar las
batallas del Señor. El orgullo y el amor de este mundo perderán su poder
mientras contemplemos las glorias de esa tierra mejor que pronto pasará a ser
nuestro hogar. Cuando se las compara con la belleza de Cristo, todas las
atracciones terrenales llegan a parecer insignificantes.—The Review and Herald,
15 de noviembre de 1887.